viernes, 14 de septiembre de 2012

Mi turno en la fila del paro

Durante varios días me sentí noqueada, era incapaz de entender todo lo que había pasado a mi alrededor. El día a día de tantos años se había roto. Ahora me encontraba en casa, con una extraña sensación de orfandad. Mis minutos, mis horas se pasaban dándole vueltas a lo mismo: y ahora qué. Cuál sería mi futuro y más cuando las informaciones económicas diarias eran bastante desalentadoras. Había pasado a engrosar la interminable lista de desempleados de este país.

Tocaba iniciar los trámites para solicitar la prestación por desempleo, así que me puse a ello. Lo primero que tuve que solicitar fue cita previa para realizar la "demanda de empleo" en la oficina del Inem que me correspondía. Los trámites los agilicé a través de la web del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, Servicio Público de Empleo. Ya estaba citada.



El día había llegado, con paso acelerado me dirigí hacia la oficina del paro. La avenida era amplia y la fachada del Inem se camuflaba entre los diferentes escaparates que poblaban la calle. En su interior la gente se agolpaba de pie ante el mostrador de información, donde una hombre joven, moreno y de estatura media, intentaba facilitar a cada una de las personas que iban llegando a la oficina los datos que le solicitaban.



No sabía cuánto tiempo necesitaría, así que recogí el número de mi turno y me armé de paciencia. La mañana se presentaba larga. Ante mí, vi pasar a gente heterogénea. Jóvenes de todas las edades, chicos y chicas; mujeres maduras, algunas de ellas llegaban con sus hijos pequeños entre sus brazos. Hombres de mediana edad, algunos de ellos vestidos impecablemente; hombres mayores, con los rostros marcados por las arrugas, cicatrices en la cara conseguidas después de muchos años de duros trabajos; inmigrantes.

Mientras tanto, los números en los paneles electrónicos iban avanzando. Desde la sala de espera, en la que se controlaba el paso de los turnos, se podía ver una gran habitación en la que se distribuían unas 13 mesas, cada una ocupada por un funcionario de la administración, que se encargaba de tomarte los datos e inscribirte. Me llamó la atención que muchos de ellos tenían pegados carteles en sus pantallas en las que se manifestaban en contra de los recortes en la Administración.



Al cabo de dos horas apareció mi número en el panel, era mi turno. Con paso  sereno me aproximé a la mesa, en la que me esperaba una mujer, de unos sesenta años, bajita, rubia, que sostenía en su mano un botella de agua a la que daba pequeños sorbos para sofocar el calor.

Tomé asiento, levantó la cabeza y su mirada se clavó en mí. En breves segundos realizó un breve estudio de mi persona y, a continuación, dibujó una ligera sonrisa en su cara. La tensión con la que llegaba desapareció, estaba tranquila. En una conversación de unos diez minutos fue dibujando mi perfil profesional en el ordenador. Entre pregunta y pregunta no podíamos evitar tratar la situación económica en la que se encontraba el país. Su crítica fue demoledora.

Me levanté despacio y le agradecí el trato que me había facilitado. Siempre he pensado que en estas situaciones es fundamental que el interlocutor sepa ponerse en tu "pellejo". Salí de la oficina "tocada" emocionalmente, pero con la certeza de que debía pasar página para poder afrontar con fuerza esta  nueva etapa de mi vida, en la que lo fundamental era sentirme arropada por mi familia y mi amigos. Mi presente y futuro estaban en mis manos.




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