domingo, 16 de septiembre de 2012

La suerte estaba echada


La mañana se había levantado más fresca de lo habitual para tratarse de un día de verano, el portón de la entrada al aparcamiento se elevó y a mi paso, como todas las mañanas, el guardia de seguridad me daba los "buenos días" con una amplia sonrisa. Algo que siempre me agradaba.  Conduje el coche los escasos metros que me separaban hasta la entrada del parking y  bajé las dos rampas hasta aparcarlo en mi plaza.
Entré en el ascensor, sin coincidir con nadie, y ascendí hasta la planta en la que se encontraban las oficinas. Era el día en el que se hacía público el número y los nombres de las personas que formarían parte del expediente de regulación.

La sección todavía se encontraba con sólo el cincuenta por ciento de sus integrantes, nos dimos los buenos días e iniciamos los ordenadores. El ambiente era tenso y el saber que en breves horas se produciría lo irremediable no favorecía el que pudiéramos trabajar con tranquilidad.

El día fue desarrollándose con impaciencia. Poco a poco fue llegando el resto de mis compañeros. Intentábamos concentrarnos en nuestro trabajo, pero no podíamos evitar comentar entre nosotros cuándo sucedería lo irremediable. Los minutos fueron pasando, lentamente. La manilla del reloj se descolgaba, con prudencia, reacia a cumplir su cometido.

Levanté la vista, tenía una situación privilegiada, y le vi entrar. Su paso era lento, cansado, agotado . Diría que venía a cámara lenta. A su paso por nuestro lado, bajó la cabeza, y  pronunció un lejanísimo “buenos días”. Se introdujo en su despacho, un habitáculo acristalado, a través del cual podíamos distinguir todos su movimientos.

Todos estábamos pendientes, los ojos me dolían de intentar mirar por el rabillo sin mover ni un músculo que le advirtiera mi necesidad de información. No se hizo esperar, la moqueta de la planta dificultaba que pudiéramos escuchar sus pasos, no nos hizo falta. Noté su presencia detrás de mí, su mano rozó mi hombro, no llegó a posarse. Seguidamente, en voz alta, fue nombrando al resto de mis compañeros. Mecánicamente fuimos levantándonos y entramos en su despacho, una habitación, relativamente, pequeña, inundada por una luz blanca, casi transparente. Nos colocamos, de pie, apoyados contra las paredes, -recuerdo que la frialdad del cristal traspasó mi vestido y un escalofrío recorrió mi columna-. La suerte estaba echada, en pocas palabras, nos anunciaba que ya éramos historia.

Salimos despacio, afuera nos esperaban nuestros compañeros, algunos de ellos amigos de muchos años, y nos fundimos en una amargo abrazo.

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